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Un tocadiscos automático gestiona por sí solo el ciclo de reproducción: al iniciarse, el brazo se eleva, se desplaza sobre el surco de entrada y se posa; al final del disco, se levanta y vuelve a su posición de reposo, a veces apagando el motor. Basta con pulsar un botón, sin manipular el brazo a mano. Esta comodidad también protege el disco y la aguja: se acabaron las colocaciones imprecisas o el brazo dejado rozando el final del vinilo si uno se ausenta o se queda dormido. Es el funcionamiento más tranquilizador para empezar o para un uso diario sin ceremonias. Existen dos niveles. El tocadiscos totalmente automático encadena la colocación y la elevación de principio a fin; el semiautomático permite colocar el brazo a mano, pero lo levanta solo al final del disco, un compromiso habitual. El mecanismo de accionamiento del brazo añade algunas piezas al recorrido de reproducción, lo que explica que los modelos audiófilos más exigentes sigan siendo a menudo manuales, para evitar cualquier interferencia mecánica y aligerar el brazo. En la práctica, en un tocadiscos bien diseñado, esta diferencia sigue siendo ligera y el automatismo presta un verdadero servicio en el día a día. Como cualquier tocadiscos, necesita una etapa de phono para poder escucharse. Este tocadiscos requiere un preamplificador phono, integrado o independiente, para amplificar la señal de la cápsula y aplicar la corrección RIAA, antes de conectarlo a un amplificador conectado a un par de altavoces hi-fi.

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